Jarras compartidas


La joven, de viaje por Europa, fue a una cervecería en Praga y pidió para tomar una cerveza. En ese mismo momento vio como una pareja, que estaba sentada a una mesa, se levantó para abandonar el lugar. Sin perder tiempo, el dependiente del establecimiento retiró las jarras de cerveza que estaban en esa mesa y se dirigió a la barra, y en uno de esos mismos recipientes sirvió la cerveza que luego ofreció a la joven.

Testigo de la escena, la turista reclamó al cervecero que había visto la acción, y que no pensaba beber la cerveza en la misma jarra sucia que había retirado segundos antes de una mesa, a lo que el barman respondió con un rústico inglés: “No te preocupes, el alcohol mata todo”. Sin hacerse mala sangre, la joven tomó como válida la respuesta y se bebió la cerveza.

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No era el día para abrir puertas


El hombre no se caracteriza por su habilidad manual, aunque con el tiempo ha sabido aprender a sobrellevar esa faceta de su personalidad. Dicho esto, la semana pasada no pudo con su genio: hace tiempo que la puerta del lavarropas no andaba bien, ya que una vez que terminaba el lavado quedaba bloqueada más tiempo que el lógico. Y el hombre, en su intento de lograr abrirla y colgar la copa antes de irse a trabajar, se quedó con la manija en la mano. Ante eso tuvo que buscar un service y coordinar la visita, antes de irse a trabajar.

Ese mismo día, al volver del trabajo, increíblemente tuvo otro contratiempo: esta vez con la puerta de entrada al edificio, ya que la llave no entraba en la cerradura. Pero por una vez tuvo paciencia, y en lugar de hacer fuerza hasta romper, decidió llamar a su esposa, que ya dormía pero no tuvo problemas en bajar y abrirle, antes que tener que enfrentar una segunda rotura en un mismo día.

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Una amenaza que no era tal


La delegación de periodistas se encontraba en el aeropuerto de Buenos Aires, preparando la vuelta a Montevideo. Cortos de tiempo, cuatro de ellos pasaron por migraciones a las corridas, ante los insistentes llamados que de los altoparlantes exigían su presencia en la puerta de embarque.

Pero en el protocolar paso por la aduana todavía les esperaba una joven funcionaria policial deseosa de descubrir algún objeto prohibido en las maletas de los pasajeros para poder ganarse al fin el respeto de sus pares.

Cuando el equipaje del último de los periodistas pasaba por el escáner, la funcionaria puso cara de circunstancia y, luego de revisar atentamente el monitor, llamó a su supervisor para hacerlo testigo de su gran hallazgo. De entre la maraña de ropaje la muchacha sacó una herradura, echó una mirada de reprensión al periodista, y esperó el elogio de su jefe.
La respuesta de este la dejó helada. “¿Y? ¿Qué querés que haga, que lo felicite?”, le dijo en tono socarrón, antes de pasar a explicarle lo obvio: que una herradura no representaba ninguna amenaza.
Los periodistas siguieron su camino hacia el avión a carcajadas, y la pobre funcionaria quedó en ridículo ante el jefe y sus colegas.

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El culto a Mujica, por un argentino


Miguel Wiñazki, secretario de redacción de Clarín y conductor de La Noticia Deseada por Radio Mitre, contó tiempo atrás una anécdota con la que explica por qué entiende que “Mujica trasunta honestidad y sencillez”, y por lo que los argentinos lo ven diferente a sus políticos. Pero como muchas cosas del expresidente, tienen un gran dosis de buena comunicación. Según cuenta Wiñazki, estaba en un seminario en el que Mujica luego de hablar se iba a quedar a almorzar. Sin embargo no lo hizo y uno de sus guardaespaldas le dijo a él: “Qué suerte que no se quedó; cuando viene a estos lugares donde la comida es tan buena se nos escapa porque tiene a Manuela en el auto y le lleva comida de estos hoteles lujosos”. El periodista ahora cuenta esa anécdota de la perra del expresidente como símbolo de su sencillez.

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Garaje traicionero


Luego de una larga y extenuante jornada laboral, la periodista llegó a su edificio y cuando se disponía a ingresar con su auto, la cortina del garaje quedó trancada a mitad de camino, ni lo suficientemente abierta para ingresar ni lo suficientemente cerrada para que fuera seguro dejarla así durante la noche. Entre agotada y desesperada, la periodista comenzó a recorrer su agenda de contactos telefónicos en busca de socorro, y así se fueron acercando amigos, vecinos y hasta el portero del edificio del turno de la mañana, pero sin encontrar una solución. A las cansadas terminaron recurriendo a un técnico que a las 2.30 de la madrugada consiguió destrabar el portón, por la módica suma de $ 3.200, que debieron ser abonados entre la periodista y el portero y que, en algún momento, esperan recuperar de la comisión del edificio.

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El operativo familiar y el perro Tomy


El padre estaba aprontando a su hijo mayor, de 4 años, ya que estaba por pasar a buscarlo la camioneta para irse al colegio. Cualquier padre sabrá que, en esas condiciones, el operativo no es fácil: el niño tenía que llevar la mochila de clases, la del club y la merienda. Pero todo salió bien: bajaron a la puerta del edificio, con el padre cargando también a su hijo pequeño, de 1 año, y acompañados del perro Tomy, ya que el hombre pensó que era un buen momento para que el can tomara un poco de aire.

La plácida sensación del deber cumplido se alteró 15 minutos después, cuando llegó una familiar que cuida al niño pequeño por las tardes. Le dijo al hombre: “¡Mirá que Tomy está acá abajo!”
El pobre perro había sido olvidado durante el operativo y, tras pasar 15 minutos recorriendo la cuadra, esperaba en la puerta confiando en que alguien se acordaría de él.

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El operativo familiar y el perro Tomy


El padre estaba aprontando a su hijo mayor, de 4 años, ya que estaba por pasar a buscarlo la camioneta para irse al colegio. Cualquier padre sabrá que, en esas condiciones, el operativo no es fácil: el niño tenía que llevar la mochila de clases, la del club y la merienda. Pero todo salió bien: bajaron a la puerta del edificio, con el padre cargando también a su hijo pequeño, de 1 año, y acompañados del perro Tomy, ya que el hombre pensó que era un buen momento para que el can tomara un poco de aire.

La plácida sensación del deber cumplido se alteró 15 minutos después, cuando llegó una familiar que cuida al niño pequeño por las tardes. Le dijo al hombre: “¡Mirá que Tomy está acá abajo!”
El pobre perro había sido olvidado durante el operativo y, tras pasar 15 minutos recorriendo la cuadra, esperaba en la puerta confiando en que alguien se acordaría de él.

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